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Ahmad y la Mujer Rezongona

Hace mucho tiempo, en una casa en las montañas, vivía un hombre llamado Ahmad,
que pasaba el día trabajando en el campo y llevando una triste vida.
Un día construyó una trampa y así cazar algunas aves para
la comida, pues su mujer no tenía más que cebada en la despensa.
Siendo ella muy rezongona, Ahmad le tenía un poco de miedo y sabía que pasaría
un mal momento si volvía a casa sin algo para la cena.
Así fue que al día siguiente tomó su trampa, la puso cuidadosamente y se
escondió detrás de unos arbustos esperando que pasara el tiempo.
Cuando se acercó a la trampa encontró un pajarito que tenía sus alas atrapadas en
la red y, cuando estaba colocándolo dentro de su bolsa, para su espanto, el
pajarito le habló:
- ¡Oh ser humano!, devuélveme la libertad y te concederé todo cuanto me pidas.
Ahmad estaba tan asustado y asombrado que no podía hablar y no sabía si lo que
había escuchado era cierto. Aseguró al ave por las patas y trató de introducirlo
de nuevo en el morral, pero el ave volvió a hablar:
- Suéltame y te daré todo lo que quieras pedir, pues soy uno de los siervos
favoritos de Salomón, hijo de David, sobre quien sea la paz.
- ¡ Salomón! - exclamó Ahmad -. ¿Entonces, tu eres capaz de hacer
que yo entienda el lenguaje de los animales?.
- Con certeza - respondió el ave -. Yo puedo hacer eso fácilmente gracias al
poder que poseo como servidor del Rey de los Magos. Pero, antes de darte a
entender el lenguaje de los animales, he de ponerte una condición.
- Bien - dijo Ahmad -, haré lo que tu me digas.
- La condición es que nunca has de revelar a tu mujer que tienes el poder de
entender el lenguaje de los animales o de lo contrario, el castigo que tendrás
será el de ser arrastrado por los Genios de Salomón hasta el fin del
mundo.
- Prometo jamás revelar este secreto a mi mujer - dijo Ahmad y dejó al
pajaro volar en libertad.
Cuando llegó a casa, su mujer le gritó desde la cocina:
- Aquí me tienes, intentando hacer esta sopa de cebada. Espero que hayas traído
un pájaro o alguna otra cosa para mejorarla. ¿Qué es lo que me traes hombre?.
- ¡Ay, buena mujer!, yo nada traje pues, era tan pequeño y enfermizo el
pajarito que cayó en la trampa, que tuve que soltarlo.
En ese instante la sopa de cebada comenzó a hervir y se desbordó. La mujer se
puso tan irritada que tiró a su marido un trozo de pan duro.
- ¡Inútil! - gritaba ella -, estuviste por ahí todo el día y nada trajiste para
echarle a la sopa. Pues bien, la comeremos tal y como está.
Había una pareja de gatos sentados en el fogón, al calor de las brasas. En ese
momento la gata le dijo a su compañero:
- ¡Cómo abusa el ama de nuestro pobre amo!, ¿no es horrible escuchar estas
peleas humanas?, ¿qué harías tú si yo te tratase de esa manera cuando no
consiguieras un ratón para comer?.
- Querida mía, bastaría que abrieras la boca de esa manera para que te diera en
la cabeza con lo primero que encontrase.
Oyendo esto, Ahmad comenzó a reír y su mujer le gritó todavía más:
- ¡Marido!, voy a pedir la devolución de la dote si vuelves a reírte de mí.
- Querida - dijo él -, yo nunca me río de ti.
- ¿Qué otra cosa podría provocarte risa si no hay nadie más aquí?.
Pero él no tenía coraje para contarle que entendía el lenguaje de los animales
pues había prometido al pajarito encantado no hacerlo y así, sufrió callado.
Al día siguiente, Ahmad volvió a colocar su trampa, y cuando fue a verla
encontró una liebre que intentaba escapar. Se dispuso a tomarla, pero ella le
habló así.
- ¡Oh ser humano, suéltame!, pues soy una de las criaturas encantadas de Salomón
sobre quien sea la paz.
Así tuvo que dejarla ir y todo lo que pudo llevar a su mujer fue una gran
zanahoria que encontró en el camino.
- Marido - dijo ella -, ¿qué trajiste esta noche para el guisado, ya que la
cebada se acabó?. Espero que por lo menos traigas una liebre o alguna otra cosa
que sea sabrosa.
- No querida - respondió él -, no pude traer más que esta enorme zanahoria.
- ¡Idiota! - gritó ella lanzándole una cuchara -, voy a reclamar mi dote y
volveré con los míos si esto continúa así.
Los dos perros guardianes que estaban rebuscando en la puerta de la cocina
comentaban entre sí y Ahmad les comprendía:
- Mira como le habla nuestra ama al amo - dijo la perra -. ¿Qué harías si yo te
replicase así?.
- Pues te daba un mordisco en el lugar que más te doliera, te lo garantizo -
dijo el can.
Ahmad comenzó a reír, pero la mujer le dio un golpe en la cabeza gritando
rabiosa:
- ¡No te rías más de mi vagabundo, que te dejo!.
Ahmad tuvo que disculparse, pues no se atrevía a contar que entendía el lenguaje
de los animales. Se lamentaba cada vez más el haber pedido ese don.
Después de siete días, él no aguantaba más los agravios que su mujer le hacía,
un día era peor que el anterior.
Entonces se sentó en su alfombra de oraciones, con el rostro vuelto al Santísimo y
pidió a Dios que le mostrase la forma de soportar tantas injurias.
Sabía que la venganza de Salomón, hijo de David, caería sobre él si le contaba a
su mujer lo que le hacía reír a cada instante.
Llegó a pensar que quizás debía contarlo todo y dejar que los terribles Genios
cayesen sobre él pues, sólo así conseguiría verse libre del tormento de su
mujer.
Después de terminada la plegaria, Ahmad se dirigió al armario donde guardaba su
alfombra. Allí vio dos ratitas. Una de ellas le decía a la otra:
- ¡Oh, hermana!, nuestro amo se encuentra en pésimo estado esta noche. Temo que
se entregue a los Genios de Salomón, hijo de David, por no poder aguantar más
los improperios de nuestra ama.
A lo que la otra ratita respondió:
- ¡Qué se le va a hacer hermano!, si él al menos actuase con sensatez, pegándole
con un gran palo la próxima vez que ella comenzase a tratarlo así, todo iría
mejor. Ella piensa que él es un idiota, porque es bueno.
Ahmad cerró el armario y meditó unos instantes.
- La pequeña rata tiene razón, le voy a demostrar a mi mujer quien es el amo de
la casa.
Así pues, comenzó a reír y fue donde estaba la leña para el fuego y escogió un
palo bien grande.
- ¡Marido!, ¿de qué te ríes tanto?, ¡dime de una vez cual es la broma! - le
gritó su mujer tirándole un puñado de cáscaras de patata.
- ¡No consiento que vuelvas a preguntarme más de qué me estoy riendo! - gritó él
con terrible voz y moviendo el palo amenazadoramente -. De lo contrario, te
daré con esto. ¡Ocúpate de tus asuntos y déjame a mí ocuparme de los míos!.
Ante esta postura, la mujer empezó a verlo con otros ojos. Él no era tan idiota
como ella pensaba. Entonces ella le dijo mansamente:
- Está bien marido, lamento haber perdido un poco la paciencia. Si tu la tienes
conmigo, yo te prometo que buscaré corregirme.
Y así fue, y vivieron en paz y armonía desde entonces.
Fin.

 

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