- No seas así, Balna -replicaron las otras.- Esa joven no será
tan mala que haga
una cosa así. Al contrario, lo que debemos hacer es ofrecerle algunas
de estas
frutas.
Diciendo esto, la mayor de las princesas, llamó a la hija de la Raní
y le dio
dos naranjas.
Apenas las hubo comido, corrió a explicar a su madre lo que ocurría.
Al
enterarse la Raní de lo bien que se alimentaban las hijas de su marido,
irritóse
mucho y ordenó a sus criados que derribasen el naranjo y la tumba de
la antigua
reina. No contenta con esto, al día siguiente, fingió estar gravemente
enferma y
cuando vio que el Rajá se hallaba muy acongojado, le dijo que en sus
manos
estaba salvarle la vida.
- Sólo existe un remedio para mí, -murmuró- pero ya sé
que vos no seréis capaz
de proporcionármelo.
- Os juro que, lo que sea, os lo traeré -replicó el soberano.
- Pues bien, el único remedio para mi enfermedad consiste en que me echéis
en la
frente, en la barbilla, en el pecho, en los pies y en las palmas de las manos,
una gota de sangre de cada uno de los cadáveres de las siete princesas,
vuestras
hijas.
Al oír estas palabras, el Rajá retrocedió horrorizado,
mas como no podía faltar
a su juramento, contuvo el dolor y fue a buscar a sus hijas, a quienes encontró
llorando junto a la destrozada tumba de su madre.
Al verlas tan hermosas, dióse cuenta de que no podría matarlas,
y con dulces
palabras les pidió que le acompañasen a la selva virgen. Al llegar
a un sitio
muy alejado del palacio, hizo que encendieran una hoguera y preparasen un poco
de arroz. A poco, como el calor era muy intenso, las siete princesas se quedaron
dormidas; entonces el Rajá se alejó presuroso de ellas diciéndose:
- Es preferible que mis pobres hijas mueran aquí a que su madrastra las
asesine.
En aquel momento se cruzó con un ciervo y le disparó una flecha
matándole. Cogió
un poco de sangre, y con ella, regresó junto a su esposa. Esta, creyendo
que la
sangre del ciervo era la de las princesas, sanó inmediatamente.
Al cabo de unas horas se despertaron las jóvenes. Al verse solas en la
espesa
selva, se asustaron mucho y empezaron a llamar a su padre. Pero éste
se hallaba
muy lejos y no hubiera podido oírlas aunque sus voces hubieran tenido
la fuerza
del trueno.
Dio la casualidad de que los siete hijos del Rajá del vecino país
habían ido a
cazar a aquella selva. Regresaban a su palacio cuando el más joven de
ellos dijo
a sus hermanos:
- Me parece que alguien pide socorro. ¿No oís voces? Dirijámonos
hacia donde
suenan y veamos lo que ocurre.
Los príncipes partieron hacia el lugar de donde salían las voces
de las
princesas y, al descubrirlas, su asombro no tuvo límites. Pero aún
fue mayor
cuando se enteraron de su historia. De mutuo acuerdo, decidieron que cada uno
de
ellos se casase con una de las siete hermanas. Y así el primero tomó
por esposa
a la mayor de las princesas, el segundo a la segunda, el tercero a la tercera,
el cuarto a la cuarta, el quinto a la quinta, el sexto a la sexta, y el séptimo,
que era el más bello de todos, casóse con la bellísima
Balna.
El pueblo del padre de los siete príncipes se alegró mucho al
ver a las hermosas
princesas que los hijos de su señor habían tomado por esposas
y los festejos
duraron días y días.
Al cabo de un año, la hermosa Balna tuvo un hijo hermosísimo.
Los príncipes y
las seis princesas restantes quedaron tan prendados de él que en vez
de dos
padres parecía tener catorce. Ninguno de los otros matrimonios tuvo hijos
y por
ello todos decidieron que el niño sería el heredero de la corona.
Durante varios años una gran felicidad reinó en el palacio del
rey, pero, un
día, el marido de Balna salió a cazar y no regresó.
Los seis hermanos partieron en su busca y aunque transcurrió mucho tiempo,
ninguno volvió a su hogar, sumando en hondísimo tristeza a las
siete princesas
que temían que sus esposos hubieran hallado la muerte.
Poco tiempo después de este triste suceso, mientras Balna mecía
la cuna de su
hijito y sus hermanas trabajaban en las habitaciones inferiores, un hombre santo
fue a pedir limosna a las puertas del palacio.
- No puedes entrar -le dijeron los criados.- Los hijos del Rajá han partido
todos y creemos que deben de haber muerto. Por ello no se puede interrumpir
el
dolor de las esposas.
El faquir no hizo caso de la prohibición y replicó:
- Soy un hombre santo y debéis dejarme el paso libre.
Los estúpidos criados no opusieron ya la menor resistencia, sin darse
cuenta de
que en vez de un santo faquir, era un brujo llamado Punchkin.
Tras mucho vagar por el palacio, Punchkin llegó a la habitación
donde Balna
mecía a su hijito.
La princesa gustó al brujo mucho más que las otras cosas hermosas
que había
visto en el palacio, y sin vacilar un momento, le pidió que accediera
a ser su
esposa.
Sin embargo, la princesa movió negativamente la cabeza y replicó:
- Mucho temo que mi marido haya muerto, pero mi hijo es aún muy pequeño
y quiero
enseñarle a ser un hombre de bien. Por ello no deseo casarme otra vez.
El mago, al oír estas palabras se enfureció mucho, y murmurando
unos
encantamientos, la convirtió en un perrito que cogió en brazos
diciendo:
- Ya que no quieres venir conmigo de grado, te llevaré por fuerza.
Y así la pobre princesa fue sacada de palacio sin siquiera poder enterar
a sus
hermanas de su triste suerte.
Cuando Punchkin iba a salir, los guardias le preguntaron:
- ¿De dónde has sacado ese perrillo tan mono?
- Me lo ha regalado una de las princesas -contestó el brujo.
Convencidos por estas palabras, los servidores no opusieron ningún reparo
a que
saliese.
Al cabo de un rato, las seis restantes hermanas oyeron el llanto de su
sobrinito. Cuando al entrar en su habitación vieron que estaba solo,
quedaron
muy sorprendidas. La sorpresa aumentó al no encontrar a Balna por ninguna
de las
dependencias de palacio. Por fin interrogaron a los criados, y al enterarse
de
la visita del faquir y de su salida acompañado de un perrillo, sospecharon
lo
ocurrido. Sin pérdida de tiempo enviaron numerosas fuerzas en busca del
falso
santón y del perro, mas los soldados regresaron sin haber hallado el
menor
rastro.
¿Qué podían hacer seis pobres mujeres? Nada. Comprendiéndolo,
las princesas,
perdida todo esperanza de volver a ver a su hermana y esposos, dedicaron sus
cuidados a la educación de su sobrinito.
Cuando éste tuvo catorce años, sus tías le explicaron la
historia de la familia.
Apenas la oyó, el muchacho sintióse poseído de tan gran
deseo de partir en busca
de sus padres y tíos para devolverlos a su casa, que, desde aquel momento,
no
pensó en otra cosa. Alarmadas por estas intenciones, las princesas trataron
de
disuadirle diciendo:
- Hemos perdido a nuestros maridos y a nuestra hermana. Tú eres nuestro
único
consuelo. ¿Qué será de nosotras sin ti?
- No os desaniméis -contestó el muchacho.- Volveré pronto
y, si es posible,
traeré conmigo a mis padres y tíos.
Al día siguiente partió a caballo y durante varios meses buscó
en vano el rastro
de sus familiares. Por fin, un día, después de recorrer un sin
fin de leguas,
llegó a una extraña selva, llena de grandes piedras y añosos
árboles, en el
centro de la cual se levantaba un enorme palacio con una torre altísima.
No
lejos del edificio elevábase la mísera cabaña de un leñador.
Mientras observaba el lugar, el príncipe fue visto por la mujer del leñador,
quien, saliendo de la choza, le preguntó:
- ¿Quién eres, hijo mío, y por qué te atreves a
venir solo a un lugar tan
peligroso como éste?
- Soy el hijo de un Rajá -contestó el muchacho. He venido
en busca de mis
padres, que perdí hace mucho tiempo.
- Ese palacio y este país pertenecen a un poderoso mago -replicó
la buena
mujer,- y si alguien le disgusta lo transforma enseguida en piedra o árbol.
Todos los árboles y rocas que aquí ves, son hombres y mujeres
encantados. Hace
años vino el hijo de un rey y fue transformado en piedra, y lo mismo
les ocurrió
a sus seis hermanos, que llegaron a los pocos días. Además, en
la torre del
palacio vive una hermosa princesa, prisionera del brujo porque no accede a
casarse con él.
Al oír esto, el joven se dijo que, sin duda, aquella princesa era su
madre.
Entonces explicó su historia a la bondadosa esposa del leñador,
pidiéndole
permiso para hospedarse en su casa a fin de llevar a cabo las investigaciones
necesarias para volver a la vida a sus tíos y rescatar a su madre. Ella
accedió
a la petición del príncipe, pero le aconsejó que se disfrazase
de mujer para que
el mago no sospechase nada. El príncipe estuvo de acuerdo y vistió
un sari que
le prestó su protectora. Después convinieron que, en adelante,
pasaría por su
hija.
Un día, el brujo, que paseaba por su jardín, pudo ver a la que
él creyó linda
joven y le preguntó que quién era. El príncipe contestó
con fingida voz que era
la hija del leñador.
- Eres muy simpática -dijo el mago.- Alguna vez llevarás un ramo
de flores a la
hermosa señora que vive en la torre.
El joven sintió una enorme alegría al oír estas palabras,
y enseguida, corrió a
la cabaña de su protectora a contarle lo ocurrido. La buena mujer le
aconsejó
que conservase su disfraz y confiara en la suerte que sin duda le prestaría
una
oportunidad para hablar con su madre.
Al nacer el príncipe, Balna habíale regalado un anillo de oro,
y el anillo,
agrandado convenientemente por sus hermanas las princesas, seguía adornando
el
dedo meñique del joven. La mujer del leñador le dijo que si tenía
ocasión de
quedarse a solas con la cautiva le mostrase la sortija para que ella le
reconociera. Esto no dejaba de tener sus dificultades, pues el mago ejercía
sobre la princesa una fuerte vigilancia a fin de que no pudiera comunicarse
con
el exterior. Por fin un día se presentó la ansiada oportunidad
y el joven
entregó a su madre el anillo entre el ramo de flores. Al ver la joya,
la
princesa tuvo una gran alegría, sobre todo cuando la que ella creía
una muchacha
se transformó en su hijo, a quien ya no esperaba volver a contemplar.
Con voz
entrecortada por la emoción, la princesa Balna contó al joven
su terrible
cautiverio, y la imposibilidad de salir de él.
Pero el príncipe era muy valiente y no se desanimaba por las contrariedades.
- No temas -dijo.- Lo que ante todo hay que hacer es descubrir la verdadera
fuerza del mago, pues deseo libertar también a mi padre y mis tíos
a quienes
tiene convertidos en piedras y árboles. Durante tu cautiverio te has
mostrado
esquiva con el brujo. Pues bien, ahora haz ver que ya no le odias. Dile que,
como has perdido la esperanza de volver a ver a tu marido, consientes en casarte
con él. Haz lo posible por enterarte de si es inmortal o no.
Balna decidió seguir el consejo de su hijo. Al día siguiente,
hizo llamar a
Punchkin y le habló en la forma indicada por el príncipe.
El brujo, entusiasmado por aquella noticia, le suplicó que se casara
con él lo
más pronto posible.
La princesa dijo que antes era conveniente que ambos tratasen, a fin de ir
cobrando confianza, pues, después de tantos años de ser enemigos,
la amistad
debía llegar poco a poco.
- Y decidme - añadió.- ¿Sois realmente inmortal? ¿Os
respetará siempre la
muerte?
- ¿Por qué me preguntáis eso?
- Porque, habiendo decidido ser vuestra esposa, deseo estar enterada de todo
cuanto pueda ser de importancia para vos, así evitaré los males
que pudieran
atacaros.
Satisfecho con esta contestación, el brujo dijo:
- En verdad no soy como los demás. Lejos, muy lejos, en plena selva virgen,
hay
un claro rodeado de altas palmeras. En él se encuentran seis recipientes
llenos
de agua, colocados uno encima de otro. Debajo de esos recipientes hay una jaula
con un loro verde. De la vida de ese animal depende la mía. Si muriese,
yo
moriría también. Sin embargo, es muy improbable que lo maten pues,
aparte que el
lugar es inaccesible, está defendido por una legión de genios
que asesinan a
todo el que consigue acercarse allí.
Balna comunicó a su hijo lo que Punchkin le había dicho, pero
suplicándole al
mismo tiempo que abandonase toda idea de apoderarse del loro.
- Mamá -replicó el joven.- Es necesario que me apodere de él,
pues de lo
contrario tú, mi padre y mis tíos seguiréis prisioneros.
No tengas miedo, pues
volveré pronto. Entretanto, ve aplazando el casamiento con pretextos.
En cuanto se hubo equipado convenientemente, el príncipe partió
hacia la selva
virgen. Muchas leguas recorrió hasta que, al fin, echóse a dormir
bajo un
frondoso árbol. Despertóle un fuerte roce, y al mirar a su alrededor,
descubrió
una enorme serpiente que se encaramaba por el tronco hacia un nido de
aguiluchos.
Al ver el peligro que corrían los dos pájaros que, en aquellos
momentos ocupaban
el nido, el príncipe sacó su espada y de un tajo mató al
reptil. En el mismo
instante oyóse un batir de alas. Eran los padres de los aguiluchos, que
regresaban a su casa. Al ver muerta a la serpiente y al príncipe con
la espada
desenvainada, las dos águilas comprendieron lo que había ocurrido.
La madre,
dirigiéndose al joven, le dijo:
- Durante muchos años nuestros pequeños han sido devorados por
esa cruel
serpiente. Tú la has matado y con ello salvas a cuantos hijitos podamos
tener de
ahora en adelante. Si algún día nos necesitas, no tienes más
que llamarnos y
acudiremos en tu ayuda. En cuanto a los aguiluchos, tómalos como servidores.
El príncipe agradeció el regalo. Entretanto, las dos pequeñas
aves, abandonaron
el nido, y cruzando las alas, formaron un asiento para el príncipe. Este
lo
ocupó, siendo enseguida transportado por los aires hasta el claro de
la selva.
Allí pudo ver los seis recipientes de agua. Era mediodía y hacía
un calor
sofocante. Alrededor del claro veíanse numerosos genios dormitando. Cruzar
a
través de ellos hubiera sido una locura, pero gracias a los aguiluchos,
el
príncipe pudo descender silenciosamente. Derribando los recipientes,
cogió la
jaula del loro. Después, sentándose en las alas sus amigos, huyó
de allí en el
momento en que los genios despertados por el ruido, lanzaban lastimeros
alaridos.
Los aguiluchos condujeron al príncipe hasta el árbol donde vivían
las dos
águilas, a quienes dijo el joven:
- Os devuelvo a vuestros hijos, que me han sido muy útiles. Si alguna
vez os
necesito para algo, os llamaré.
- Hazlo así -contestó la hembra.- Ahora, antes de que te vayas,
quiero decirte
una cosa: de la vida del loro que llevas en esa jaula depende la del mago
Punchkin, pero si quieres inutilizar su poder, no tienes más que cortarle
las
uñas de la pata derecha. De esa forma no tendrás que temer nada
de él y te
ahorrarás la necesidad de matarle.
El joven, dando las gracias por el consejo, siguió su camino hacia el
palacio
del mago. Cuando estuvo ante la puerta del edificio se puso a jugar con el loro.
Punchkin le vio desde una ventana y bajó enseguida a su encuentro.
- Muchacho -le dijo- ¿de dónde has sacado ese pájaro tan
hermoso? Te pido por
favor que me lo regales.
- De ninguna manera -replicó el príncipe.- Se trata de un amuleto.
Lo he tenido
en mi poder durante largos años y me ha traído mucha suerte.
- Si es así dime el precio que pides por él.
- No deseo venderlo.
- Puedes pedir cuanto dinero quieras. Por mucho que sea lo tendrás. Y
si deseas
otra cosa pídela también.
- Perfectamente -sonrió el príncipe.- Sólo quiero que devuelvas
a su primitiva
forma a los hombres y mujeres que convertiste en rocas y árboles.
El mago murmuró unas palabras, al mismo tiempo que movía la mano
derecha. Al
momento los árboles transformáronse en elegantes damas y caballeros.
- Dame el loro -suplicó Punchkin cuando hubo cumplido su promesa.
- Enseguida -replicó el joven- pero antes quiero tomar una precaución,
pues
serías muy capaz de convertir de nuevo en objetos sin vida a las personas
que
acaban de resucitar.
Y antes de que el mago tuviera tiempo de impedirlo, el príncipe cortó
las uñas
de la pata derecha del loro.
Punchkin rodó por el suelo sin sentido, tan fuerte fue la conmoción
por él
recibida al quedar privado de su poder mágico. Antes de que volviera
en sí, la
caravana de los miles de príncipes y caballeros, con Balna y su marido
a la
cabeza, estaban ya lejos del valle, en el cual sólo quedaba el palacio
del
antiguo mago.
Fin.