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Continuación

 


Como era de esperar, toda esa tarde, Teresita, sentada al pie de un gran árbol, y rodeada de gallinas y patitos que picoteaban a su lado, leyó las
páginas de tan portentoso regalo, cada una de las cuales le parecía aún más interesante.
En su cabecita de niña humilde, danzaban más tarde mil encontradas ideas y soñaba despierta con los relatos fantásticos de hadas hermosas, de
caballeros invencibles y de terribles hechiceras que salían por las chimeneas de los castillos, cabalgando en escobas con alas.
La noche la sorprendió en estos pensamientos y se recogió más tarde, siempre meditando en aquellos extraños relatos que habían recorrido sus ojos.
Una hora después, Teresita, bajo la influencia de su preocupación, comenzó, en su pobrecito lecho, a soñar escenas fantásticas, mezclando las
lecturas del libro con las cosas de la llanura en que vivía. Y así...
agitada y estremecida por mil raras sensaciones, inició su sueño, en la quietud del campo, envuelto en las sombras nocturnas...
Era... un castillo hermoso... de miles de ventanas, por las que se derramaba una luz tan brillante como la del sol. El castillo estaba enclavado sobre una roca elevada, casi inaccesible, cuidado eternamente por miles de vizcachas que recorrían sus profundos fosos, armadas de enormes espadas de oro puro.
En los altos corredores de la maravillosa mansión, se veían pasear como centinelas, vigilando los intrincados senderos, a varios soldados de raros
trajes, mezcla curiosa de gauchos y de caballeros medievales. En las cabezas ostentaban brillantes plumas de ñandú, sostenidas por vinchas rojas como la sangre. Sus pechos estaban protegidos por bruñidas corazas adornadas con arabescos de plata y sus extremidades las cubrían chiripás
con calzoncillo bordado. Sus armas eran también curiosas, pues junto a la enorme espada de los caballeros andantes, colgaban largos trabucos
naranjeros de ancha boca y alargado cañón.
Aun había más. En el amplio patio de armas del castillo, junto al puente levadizo que era manejado por cuarenta dragones con cabeza de toro, estaba
reunida la soldadesca, alegre y bulliciosa, la cual se agolpaba junto a un gran fogón en el que hervía una descomunal pava que de cuando en cuando
sacaban de las brasas varios de los soldados, para cebar un mate de enormes proporciones.
¡De pronto, se hizo el silencio! De una de las torres, partían ayes lastimeros, que estremecieron a las vizcachas y conmovieron a los soldados.
¿Quién era la cautiva?
¡En una buharda, prisionera y separada del resto del mundo por una gran puerta de hierro, sollozaba una princesa rubia, de belleza sólo comparable a la gloria del día o al perfume de las flores! ¡Cosa extraordinaria! ¡La princesita cautiva no era otra que Zulemita, la bondadosa hija del dueño de la estancia!
De pronto se escucharon pasos en los negros y lúgubres corredores y abriéndose la pesada puerta, penetró en la habitación un hombre alto, de mirada torva y gesto repulsivo que se detuvo junto a la infeliz, cruzándose de brazos. Pero... ¡sí! ¡Ese hombre perverso, tenía la cara de Carlitos, el pernicioso niño que había herido a Teresita!
- ¿No has resuelto aún, princesa Flor, casarte conmigo? -preguntó el gigante posando su mano derecha sobre el pomo de su espada que pendía de un lucido cinturón de monedas de plata.
- ¡Nunca! -exclamó la dolorida princesa, mirando a su verdugo.- ¡Antes, la muerte!
- ¡Pues bien... morirás! -respondió en un bramido el salvaje, levantando su mano.- Mañana al salir el sol, te haré ejecutar al pie del ombú que eleva sus ramas junto al horno de hacer empanadas. -Y al decir esto, dio media vuelta y se retiró, cerrando la puerta y sumiendo a la desgraciada en el más espantoso dolor.
Llegó la noche. El castillo maldito se cubría de sombras y de quietud y sólo se escuchaban a lo lejos los trinos de los pájaros y el ladrido de
los perros. De pronto, quizá atraída por los sollozos de la pobre princesa, brotó de las sombras una hermosa mujer, pequeña, rubia, con ojos
azules y cubierta de tules vaporosos, que acercándose a la dolorida, le tocó un hombro, mientras le decía con voz suave y cristalina:
- ¡Princesa triste! ¡Me conmueve tu desgracia y vengo a salvarte!
- ¿Quién eres? -preguntó la desvalida niña.
- ¡Soy el Hada del Arroyo que llego, atraída por tus sollozos!
- ¡Es verdad! -contestó la cautiva- ¡Soy muy desgraciada! ¡El príncipe Chimango quiere que me case con él y, ante mi negativa, ha dispuesto
sacrificarme! ¿Será posible que yo muera joven sin que nadie se apiade de mí?
- ¡Yo procuraré salvarte, princesa dolorida! ­respondió el hada y alargando su mano, la puso sobre el convulso pecho de la prisionera, mientras sus ojos contemplaban su pálido rostro.
La princesita, presa de una alegría enloquecedora, se arrodilló ante el Hada del Arroyo y tomando sus manos las besó varias veces en prueba de
profundo agradecimiento.
- ¡Gracias... gracias... -repetía- mi vida desde hoy te pertenece y mi corazón es tuyo!
- ¡No digas eso! -exclamó el hada sonriendo.­ ¡Tu vida y tu corazón, pertenecerán al príncipe maravilloso que consiga sacarte de este encierro!
- ¡No conozco a ninguno! ¡Si es por eso, estoy perdida! -gritó la princesa, sollozando.
- ¡El príncipe salvador, llegará, no lo dudes, y no necesita conocerte, ya que la fama de tu belleza ha corrido de boca en boca hasta los remotos
países del otro lado del mar!
- Pero... ¿cómo podrá saber en dónde me encuentro? -preguntó la niña, levantando sus ojos hacia los de la hermosa aparecida.
- ¡Yo me encargaré de ello! ¡Confía! -respondió ésta, y después de poner sus labios sobre la pálida frente de la cautiva, se perdió en las sombras
con la facilidad con que había nacido de ellas.
Entretanto, el malvado Chimango, había ordenado preparar el lugar de la ejecución, tal como lo pensara, debajo del ombú que estaba junto al horno de hacer empanadas.
La pobrecita princesa de los ojos azules, algo tranquila por la visita de la esplendorosa hada, aguardaba el nuevo día, confiando en las palabras de su bienhechora y pensando para sí, cómo sería el príncipe misterioso que pudiera llegar hasta su elevado balcón para rescatarla de tan humillante
encierro.
- ¿Será bello? ¿Será rubio? ¿Será joven? -se preguntaba, mientras las sombras se iban disipando y los primeros albores del día surgían en el horizonte.
"¡La ejecución se efectuará a la madrugada!" había dicho el terrible dueño del castillo, pero un inconveniente, quizás ordenado por el Hada del
Arroyo, aplazó el cumplimiento de la sentencia.
Una lluvia torrencial cayó sobre el castillo e inundando sus patios y habitaciones, impidió que los planes de Chimango se llevaran al cabo, por
lo menos en aquel día.
La furia del hombre no tenía límites y mirando hacia los cielos blasfemaba, levantando sus puños, como si pretendiera retar a las nubes que, sin escucharlo, seguían lanzando sobre la tierra verdaderas cataratas de agua.
Entretanto, a muy pocas leguas del castillo, junto al arroyo que cruzaba murmurante por los campos, habitaba un joven pastor, hermoso y alegre, haciendo su feliz vida, entre las ovejas y los perros que lo ayudaban a vigilarlas.
Este pastorcito, de nombre Cojinillo, había nacido en el lugar y desde su infancia se había mirado en las cristalinas ondas de la corriente que serpenteaba junto a su cabaña.
Así, pues, era compañero de las límpidas aguas y del hada que habitaba en su cauce, la que desde niño le protegía en su tranquila existencia escasa
en complicaciones.

Fin

 

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