Cuando era niño perdí la "chaveta" por una bibliotecaria.
Cada semana ella se
encargaba de la hora de los cuentos en el jardín de la biblioteca de nuestro
barrio. Nos leía maravillosos cuentos de aventura, fantasía y belleza.
Yo nunca
faltaba a estas sesiones. De hecho, con frecuencia llegaba con horas de
anticipación para asegurarme una silla en la primera fila y no perderme
una sola
palabra.
Recuerdo vívidamente aquella Navidad cuando leyó La historia del
otro Rey Mago
de Henry Van Dyke. Yo tenía ocho años. Por lo general, ella leía
muchos cuentos
durante la hora asignada, pero en esta ocasión sólo leyó
uno.
Al terminar de leer nos abrazó a todos, deseándonos una feliz Navidad.
Se
arrodilló a mi lado y sonrió.
- Tengo un regalo de Navidad para ti. Quiero regalarte el libro que acabo de
leer y me entregó su copia de La historia del otro rey mago -. ¿Te
gustó este
cuento? me preguntó.
Francamente, yo no había entendido el cuento pero, por supuesto, no se
lo iba a
decir. En cambio le respondí:
- Sí, me pareció muy interesante.
En realidad el cuento me había desconcertado. No podía imaginar
que alguien
pudiera estar tan loco como para renunciar, por cualquier motivo, a estar
presente en Belén para el nacimiento de Jesús de Nazaret. Tampoco
podía
comprender que una persona regalara los rubíes y perlas que supuestamente
serían
el regalo de cumpleaños de Cristo a los crueles soldados ya los intrigantes
cobradores de adeudos.
Recuerdo que me dirigí directamente a la casa, con el librito en la mano,
decidido a leerlo una vez más. Si a mi maravillosa amiga le gustaba el
libro, a
mí también me habría de gustar.
Como muchos saben, la historia narra el viaje mágico de los tres Reyes
Magos de
Oriente, cómo viajaron desde muy lejos, guiados por una estrella, para
llevar
regalos a un Rey recién nacido que estaba en un pesebre en Belén.
Pero sugiere
que había un cuarto Rey, del cual yo nunca había sabido, quien también
vio una
estrella en el Oriente e inició el largo y penoso viaje para reunirse con
los
otros Reyes, cargando sus valioso regalos.
Según la historia, los tres Reyes Magos no tuvieron dificultad alguna para
llegar a Belén; sin embargo el cuarto, Artabán, sólo tuvo
problemas. En primer
lugar encontró a un exiliado hebreo enfermo, solo y muriéndose en
el desierto.
Lleno de compasión, Artabán se detiene y atiende al enfermo. Esta
demora
ocasiona que falte a su cita con los otros Reyes Magos y, en consecuencia, no
está presente en el pesebre aquella primera Navidad llena de magia.
Sin embargo, él sigue viajando. Poco después entrega uno de los
regalos que eran
para el Niño recién nacido para salvar la vida de otra criatura
que, de acuerdo
con el decreto de Herodes, fue condenada a morir. Una y otra vez Artabán
se
detiene para atender a los enfermos, consolar a los oprimidos y a los presos y
dar de comer a los hambrientos.
Al final la historia Artabán está desesperado y cansadísimo.
Comprende que ha
dedicado treinta y tres años a la búsqueda y que al final se encuentra
solo en
el Gólgota. Aquí descubre que el Hijo de Dios, a quien se dedicó
a buscar muchos
años antes, ha sido condenado a morir en la cruz. De inmediato piensa en
su
última posesión, una perla. Está seguro de que ésta
comprará la libertad de
Cristo. Pero aún en el camino hacia el lugar encuentra a una mujer que
está
siendo amenazada con golpearla y aún, matarla si no paga las deudas de
su padre.
Una vez más Artabán ofrece la perla, su última posesión,
a cambio de la vida de
la mujer.
Ahora realmente no le queda nada. Todo lo que tuvo la intención de entregar
en
adoración lo ha dado al servicio de la humanidad. Para aumentar sus
tribulaciones, Artabán recibe el golpe de una piedra que cae de una estructura
que se estaba derrumbando debido al terremoto que acompañó a la
crucifixión.
Está seguro de que morirá sin ver jamás a su Señor.
Pero mientras yace sangrando
y moribundo, escucha una débil voz desde muy lejos.
- En verdad os digo, todo lo que habéis hecho al más pequeño
de mis hermanos, lo
habéis hecho conmigo.
Al oír esto Artabán, el cuarto Rey Mago, muere feliz sabiendo que
sus regalos sí
fueron recibidos por su Señor.
Por fin comprendí. Al principio pensé que el Rey Mago no había
sido tan sabio al
perder la oportunidad de dar testimonio de la primera Navidad por regalar todos
sus bienes, por haber pasado toda la vida atendiendo a los demás, pero
de pronto
lo entendí. Artabán ciertamente era el más sabio y el más
justo de todos los
Reyes Magos.
Tarde se me hacía para narrar la historia a papá y mamá.
Ellos habían
establecido la costumbre de contar cuentos y escuchaban con mucha atención.
Al
terminar, se miraron uno al otro durante un rato en silencio. Luego habló
mamá:
- Qué bonito cuento, Felice dijo y es verdad. Cuando das
lo que tienes para
ayudar a los demás es como dárselo a Dios.
Papá pregunto: - ¿Qué vas a darle a la simpática señora
de la biblioteca?.
"Caray", pense. "No tengo nada que darle".
- Ya sé dijo mamá - , le haré un buen plato de ravioles.
- ¡Ravioles! grité. Estaba seguro de que mi preciosa amiga,
que acababa de
darme un regalo tan sofisticado, se mofaría de los ravioles de mamá.
Yo quería
darle rubíes, incienso o cuando menos mirra (¡ni siquiera sabía
lo que era
eso!).
Como de costumbre, mis protestas no tuvieron mucho peso y pronto me encontré
camino a la biblioteca con un platón lleno de ravioles hechos en casa y
una
jarra de rica salsa roja, todo envuelto en bolsas de papel café. En el
camino
pensé en todas las maneras en que podría deshacerme del regalo.
Mis padres nunca
lo sabrían. Pensé en echar los ravioles por la coladera, en tirarlos
atrás del
mercado de alimentos o aventarlos al basurero. Pero mi buena conciencia
prevaleció y me dirijo hasta la biblioteca. Allí encontré
a mi amada sentada
detrás del escritorio.
- Leo me saludó con afecto cuando entré.
- Le traigo un regalo expliqué, ofreciéndole las bolsas de
papel - . Es un
poco tonto tartamudeé -, es algo para que lo coma después.
Ella tomó el paquete con ansias y se asomó a la bolsa que contenía
el platón de
ravioles. Sus ojos se iluminaron:
- ¡Ravioles! exclamó -. ¡Me encantan los ravioles! Muchas
gracias. Y no es un
regalo tonto. Es un verdadero tesoro, más valioso que las joyas.
¿Más valioso que las joyas?, pensé.
Si...
Por supuesto...
Por fin entendí realmente La historia del otro Rey Mago. Los ravioles de
mamá
adquirieron un significado muy especial.
Fin.