Un día, hace mucho tiempo, todos los pájaros se reunieron para
elegir rey.
Todos se creían capaces de ocupar tan alta dignidad, y cada cual habló
de sus virtudes y de lo que haría cuando fuese rey.
Después de mucho hablar, el majestuoso cóndor levantó la
voz y dijo: "Si continuamos así no llegaremos a ningún acuerdo.
Sugiero que cada familia se aparte y elija su representante. Haremos que estos
representantes luchen entre sí, y así sabremos cuál de
ellos es el más capaz y el más fuerte".
La propuesta del cóndor fue aceptada, y de inmediato comenzaron a oírse
aletazos, unos poderosos y otros suavecitos, disputas furiosas y el gorjeo de
los pajaritos. Pasado un rato, se inició la lucha entre los elegidos.
El gran cóndor no quiso someterse a la prueba. "No deseo ser rey
de ustedes", manifestó; "a mí todo el mundo me respeta
sin ser monarca. Los hombres me retratan en sus templos y palacios y nadie disputa
mi majestad en las alturas de las cordilleras. ¡Que se elija el rey de
las llanuras! Yo actuaré como árbitro para que todo se haga en
orden. ¡Empecemos con los más pequeños!"
Pronto se vio que aunque entre las aves pequeñas había algunas
hermosísimas, que cantaban con voz dulce y suave, no tenían nada
que les permitiera destacarse:
volaban despacio y su diminuto pico no les servía para defenderse. Era
evidente que sólo la fuerza y la agilidad contarían en esa prueba.
Ya sólo luchaban las aves de rapiña: los halcones, los halietos,
los buitres y las águilas, pues los pájaros bondadosos habían
huido. Al cabo de un buen rato, muchas se hallaban heridas y cubiertas de sangre
y, al encontrarse solas y sin quién les ayudara, tuvieron que retirarse,
arrastrándose por sus propios medios. La competencia por fin había
terminado.
El águila venció, y el cóndor la proclamó rey de
las llanuras. Se había disputado el título con el halcón,
pero éste también había caído herido de muerte,
y no hubo nadie que aclamara al águila como rey. Todos los pájaros
se habían marchado ya. No, no es cierto, no todos; los tordos todavía
estaban allí.
Asustados al ver aquella sangrienta y cruel lucha, se habían escondido
y habían escuchado la proclamación del cóndor. Pero en
vez de aclamar al águila, como debía ser, procedieron a humillarla
y a burlarse de ella. "Usted es un rey muy extraño. ¡Su gente
le tiene miedo y se ha ido! Ciertamente, su pico es poderoso, pero a usted le
falta bondad y sabiduría. Los gobernantes como usted no duran en el poder.
¡Nadie los quiere y a nadie le gusta la tiranía!"
Al escuchar esto el águila se enfureció. Tal vez le parecía
que los tordos tenían razón y no quería oír más.
Les pidió a sus hijos que espantaran a los tordos, y luego hizo una reunión
para encontrar la manera de salvar su dignidad.
Algunos halcones que por allí andaban y a quienes el águila había
sabido conquistar, nombrándolos ministros de su majestad, participaron
en la reunión e hicieron la siguiente propuesta: "Los tordos mayores
son difíciles de atrapar, y habrá que esperar a que mueran, pero
a los pequeños los podemos matar en sus nidos; así castigaremos
la falta de respeto de sus padres. ¡Cómo se callarán y afligirán
los viejos cuando vean morir a sus hijos!"
El águila aceptó y autorizó a los halcones para que quemaran
los nidos de los tordos.
La medida tuvo éxito. Cuando los tordos vieron que sus nidos ardían,
trataron de salvar a sus hijos, pero sus esfuerzos fueron en vano; sólo
lograron cubrirse de hollín y teñirse de negro, un color que jamás
perdieron después de esa lucha por sus hijos.
Sin embargo, aunque muchos torditos murieron, no todos fueron exterminados,
y los que quedaron supieron defenderse de la maldad del águila: ya no
construyeron sus propios nidos, sino que comenzaron a escoger los nidos de otros
pájaros para dejar sus huevos entre los de ellos. Así aseguraban
la vida de sus hijos, pues los padrastros los criaban como si fueran propios.
Además, apenas los torditos crecían y hacían contacto con
los otros tordos, se ponían a hablar mal del águila y a contar
las barbaridades que había cometido. Y así han seguido y seguirán
burlándose de ella. Por eso el águila nunca pudo gozar de su reino
y jamás fue reconocida como rey de los pájaros.