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Continuación

 

Al Rey le entristecía tener que renunciar a todos sus leales servidores por culpa de uno solo; ya se arrepentía de haberlo contratado, y de muy buena gana se habría deshecho de él. Pero no se atrevía a despedirlo por temor a que lo matara a él y a todos los suyos, y se apoderase del trono.
Estuvo pensando horas y más horas, y, al fin, dio con un expediente. Mandó decir al sastrecillo que siendo, como era, un guerrero tan valeroso, le hacía una oferta. En un bosque de su reino moraban dos gigantes que causaban grandísimos daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras tropelías. Nadie podía acercarse a ellos sin correr peligro de muerte. Si él vencía y exterminaba a los dos monstruos, recibiría a la hija del Rey por esposa y la mitad del reino como dote. Además, lo acompañarían cien soldados de caballería para ayudarle en la empresa. «No estaría mal para un hombre como tú -pensó el sastrecillo- eso de casarse con una hermosa princesa y ser señor de la mitad del reino; es una fortuna que no pasa todos los días». Por lo cual contestó: - Acepto. Acabaré con los gigantes. Y los cien caballeros no me hacen falta.
Quien derriba siete de un golpe, con dos no tiene ni para empezar.
Salió, pues, el sastrecillo, seguido de los cien jinetes, pero al llegar a la orilla del bosque les dijo: - Quedense aquí; yo solo me basto para acabar con los gigantes. E internándose en la espesura, se pueso a explorar en todas direcciones. Al cabo de poco rato descubrió a los dos gigantes, que, tendidos bajo un árbol, dormían, roncando con tanta fuerza que hacían balancear las ramas.
El sastrecillo, sin perder tiempo, se llenó de piedras los bolsillos y trepó a la copa del árbol. Ya en ella, se deslizó por una rama, para situarse exactamente encima de los durmientes, y empezó a soltar piedras, una tras otra, sobre el pecho de uno de los gigantes. Éste tardó largo rato en notarlo; pero, despertándose al fin, pegó un empujón a su compañero, diciéndole: - ¿Por qué me das golpes? - Estás soñando -respondió el otro-; yo no te toco. Se echarón a dormir de nuevo, y el sastrecillo volvió a soltar sus piedras, esta vez sobre el segundo. - ¿Qué significa esto? -gritó el gigante-. ¿Por qué me apedreas? - Yo no te apedreo -refunfuñó el primero.
Disputaron un rato; pero como los dos estaban cansados, cesaron en la porfía y volvieron a quedarse dormidos. Reanudó el sastrecillo el juego, y, escogiendo la más grande de sus piedras, la arrojó con toda su fuerza, apuntando al pecho del primer gigante. - ¡Esto ya pasa de raya! -gritó el gigante, y saltando como un loco, arremetió contra su compañero con furia tal, que, al dar éste contra el árbol, lo hizo temblar hasta la cima. Acudió el otro a pagarle en la misma moneda, y, rabiosos ambos, arrancando sendos troncos de cuajo, se embistiéron mutuamente, librando una lucha que no terminó sino con la muerte de los dos. Entonces el sastrecillo descendió del árbol: - ¡Suerte que no se les ocurrió arrancar éste en que estaba yo -dijo-, pues habría tenido que saltar a otro como una ardilla! ¡Menos mal que uno es ligero! Y, desenvainando la espada, la hundió varias veces en el pecho de los adversarios caídos, hecho lo cual fue a la entrada del bosque, donde esperaban sus caballeros, y les dijo: - La faena está hecha; los he despachado a los dos. Lo mío me ha costado, de todos modos. Se han puesto a arrancar árboles para defenderse con los troncos. Pero no hay nada que hacer con un tipo como yo, que de un golpe derriba siete. - ¿Y no estás herido? -le preguntáron los soldados. -
- ¡Ni un cabello de la cabeza he perdido! Los caballeros no querían dar crédito a sus oídos, y se adentraron con él en el bosque, para ver la cosa con sus propios ojos; encontraron a los dos gigantes bañados en su sangre, y, su alrededor, los árboles arrancados de cuajo. El sastrecillo se presentó al Rey para exigirle el cumplimiento de su promesa; pero el monarca se hizo el sordo y volvió a pensar algún medio para quitarse de encima al héroe. - Antes de que te dé mi hija y la mitad del reino -le dijo­ tienes que realizar una nueva hazaña. Corre por el bosque un unicornio que comete grandes destrozos; es preciso que lo captures. - Temo menos a un unicornio que a los gigantes. «Siete de un golpe», éste es mi lema. Proveyóse de una cuerda y un hacha y se dirigió a la selva, dejando nuevamente a sus acompañantes a la entrada del bosque. No tuvo que buscar mucho; pronto se presentó el animal, que le embistió ferozmente, dispuesto a ensartarlo con su cuerno. - ¡Un poco de calma! -dijo el sastrecillo-. ¡No corramos tanto! Y, plantándose frente a un árbol, aguardó a que la fiera llegase muy cerca; entonces, de un brinco se situó detrás del árbol. El unicornio, que venía disparado con toda su furia, clavó el cuerno en el tronco tan fuertemente que no pudo desclavarse y quedó prisionero: - ¡Ya es mío el pajarillo! Exclamó el sastre saliendo de detrás del árbol. Y, después de atar la cuerda al cuello de la fiera, de un hachazo soltó el cuerno del tronco y condujo la fiera al Rey. Éste todavía no se dignó a otorgarle la recompensa ofrecida y le impuso un tercer trabajo.
Antes de que se celebrase la boda, el sastre debería cazar un jabalí que andaba suelto por el bosque y producía cuantiosos daños. Los cazadores le prestarían asistencia. - No faltaba más -asintió el sastre-. -¡Esto es una niñería! Los cazadores lo acompañaron hasta el bosque; pero él no les permitió seguir adelante, con gran satisfacción de los hombres, que, conociendo la fiera por experiencia, no sentían el menor deseo de enfrentarse con ella.
No bien el jabalí descubrió al sastre, se precipitó contra él con la boca armada de afilados colmillos, dispuesto a derribarlo; pero el ágil hombrecillo corrió a refugiarse en una capilla que se levantaba en aquellas cercanías, y, subiéndose de un salto a una ventana abierta en la pared posterior, salió afuera de nuevo. El jabalí, que lo seguía de cerca, penetró asimismo en la capilla, y entonces nuestro hombre, dando la vuelta al edificio, cerró la puerta desde fuera, quedando aprisionada la furiosa bestia, pues era demasiado pesada y torpe para poder saltar por la ventana. El sastrecillo se apresuró a llamar a los cazadores, quienes pudieron contemplar con sus propios ojos al prisionero.
El héroe volvió a presentarse al Rey, el cual, quieras que no, tubo que cumplir su promesa y darle su hija y la mitad del reino. Mucho le habría dolido si supiera que no se trataba de un guerrero famoso, sino de un humilde sastrecillo. Se celebró la boda con gran solemnidad y magnificencia, y ahí tenemos a un sastre convertido en rey.
Transcurrido algún tiempo, la joven reina oyó una noche que su marido hablaba en sueños: «¡Muchacho, acábame el jubón y cose los pantalones, si no quieres que te mida la espalda con esta vara!». Comprendiendo la princesa que su esposo era de humilde condición, acudió al día siguiente a quejarse a su padre, pidiéndole la separase de un marido que no era sino un vulgar sastre. El Rey la consoló diciéndole: - Esta noche deja abierta la puerta del dormitorio. Mis criados aguardarán fuera, y, cuando él duerma, entrarán, lo atarán y lo conducirán a un barco, que se lo llevará muy lejos. La hija quedó con esto apaciguada; pero el escudero del rey, que había oído la conversación y era adicto a su joven amo, corrió a prevenirlo de lo que contra él maquinaban. - Pues les pondremos palos en las ruedas -dijo el sastrecillo. Al llegar la noche se acostó con su mujer, como de costumbre. Cuando ella lo creyó dormido, se levantó, fue a abrir la puerta y volvió a la cama. El sastrecillo, que sólo simulaba estar durmiendo, se púso entonces a gritar en voz clara y audible: - ¡Muchacho, acábame el jubón y cose los pantalones o te mediré la espalda con esta vara! He matado siete de un golpe, vencido a dos gigantes, cazado un unicornio y un jabalí, ¡y ahora iba a asustarme de los que están ante la puerta! Al oír las palabras del sastre, los hombres echaron a correr, más asustados que si los persiguiese un ejército de demonios; y ya nadie más se atrevió a habérselas con él. Y de esta manera el sastrecillo siguió siendo Rey hasta el fin de sus días.

Fin

 

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