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El cofre de vidrio roto
Autor: WILLIAM J.BENNETT


Érase una vez un anciano que había perdido a su esposa y vivía solo. Había
trabajado duramente como sastre toda su vida, pero los infortunios lo habían
dejado en bancarrota, y ahora era tan viejo que ya no podía trabajar.
Las manos le temblaban tanto que no podía enhebrar una aguja, y la visión se le
había enturbiado demasiado para hacer una costura recta. Tenía tres hijos
varones, pero los tres habían crecido y se habían casado, y estaban tan ocupados
con su propia vida que sólo tenían tiempo para cenar con su padre una vez por
semana.
El anciano estaba cada vez más débil, y los hijos lo visitaban cada vez menos.
-No quieren estar conmigo ahora -se decía- porque tienen miedo de que yo me
convierta en una carga.
Se pasó una noche en vela pensando qué sería de él y al fin trazó un plan.
A la mañana sigúiente fue a ver a su amigo el carpintero y le pidió que le
fabricara un cofre grande. Luego fue a ver a su amigo el cerrajero y le pidió
que le diera un cerrojo viejo. Por último fue a ver a su amigo el vidriero y le
pidió todos los fragmentos de vidrio roto que tuviera.
El anciano se llevó el cofre a casa, lo llenó hasta el tope de vidrios rotos, le
echó llave y lo puso bajo la mesa de la cocina. Cuando sus hijos fueron a cenar,
lo tocaron con los pies.
-¿Qué hay en ese cofre? preguntaron, mirando bajo la mesa.
-Oh, nada -respondió el anciano-, sólo algunas cosillas que he ahorrado.
Sus hijos lo empujaron y vieron que era muy pesado. Lo patearon y oyeron un
tintineo.
-Debe estar lleno con el oro que ahorró a lo largo de los años -susurraron.
Deliberaron y comprendieron que debían custodiar el tesoro. Decidieron turnarse
para vivir con el viejo, y así podrían cuidar también de él. La primera semana
el hijo menor se mudó a la casa del padre, y lo cuidó y le cocinó. A la semana
siguiente lo reemplazó el segundo hijo, y la semana siguiente acudió el mayor.
Así siguieron por un tiempo.
Al fin el anciano padre enfermó y falleció.
Los hijos le hicieron un bonito funeral, pues sabían que una fortuna los
aguardaba bajo la mesa de la cocina, y podían costearse un gasto grande con el
viejo.
Cuando terminó la ceremonia, buscaron en toda la casa hasta encontrar la llave,
y abrieron el cofre. Por cierto, lo encontraron lleno de vidrios rotos.
-¡Qué triquiñuela infame! -exclamó el hijo mayor-. ¡Qué crueldad hacia sus
hijos!
-Pero, ¿qué podía hacer? -preguntó tristemente el segundo hijo-. Seamos francos.
De no haber sido por el cofre, lo habríamos descuidado hasta el final de sus
días.
-Estoy avergonzado de mí mismo -sollozó el hijo menor-. Obligamos a nuestro
padre a rebajarse al engaño, porque no observamos el mandamiento que él nos
enseñó cuando éramos pequeños. Pero el hijo mayor volcó el cofre para asegurarse
de que no hubiera ningún objeto valioso oculto entre los vidrios. Desparramó los
vidrios en el suelo hasta vaciar el cofre.
Los tres hermanos miraron silenciosamente dentro, donde leyeron una inscripción
que el padre les había dejado en el fondo:
"Honrarás a tu padre y a tu madre."
Fin

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